Al igual que aparecen grupos por las distintas redes sociales del tipo “mujeres que van por en medio de la calle y te impiden que las adelanten” o “personas que sacan el móvil para ver la hora, lo miran, lo guardan y no se acuerdan de qué hora era”, en los bares sucenden casos que también tienen su punto curioso. Los ejemplos que más gracia me hacen suelen coincidir con la hora de cierre. Personas que llegan a la cancela cerrada de la terraza y te preguntan “¿Está abierto?”, te entran unas ganas de decir, “sí, abierto pero solo para almonteños con ganas de saltar la reja”… Pero no puedes, al menos yo, pregunto que para qué –lo normal es para sacar tabaco- y les abro sin el más mínimo problema. También suele darse el caso de personas que se acercan a la misma cancela cerrada, y que mientras vienen ven como estás recogiendo las mesas y las sillas y aun así te preguntan “¿estás abriendo?” ¡¡¡¿?!!!! ¿qué hago? ¿qué digo? ¿Río o lloro? Mejor me lo tomo con humor. ¿Cómo me puede preguntar eso a las cuatro y media de la tarde si no hace ni una hora que se ha ido de aquí y esta mañana también ha estado tomando café… Pero para mí, la mejor de todas, y también la que en su momento menos gracias me hace, es la que suele pasar con el último cliente que está cerveza o copa en mano viéndote recoger, viéndote apagar las luces y todo lo que acarrea la hora de cierre y te hace las dos preguntas del millón, ¿se puede tomar la última? O, cuando tu digas no vamos…

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