"La cosa. Vaya como está la cosa." Esta suele ser la introducción a muchas conversaciones diarias que acompañan a un café o a una cerveza en un bar. Pero tantas y tantas horas de oyente indiscreto desde el más profundo silencio que obliga la discreción profesional no impiden que la mente opine para mis adentros. Oye uno cada argumento que no puede uno más que echarse a temblar. Sorprende oír a unos y a otros manifestar sus soluciones a la crisis. Desde una anarquía total, hasta un todos a la cárcel. Aquí todo el mundo es malo, menos el que habla.
Lo cierto de todo ello es que a la hora de la verdad la pasividad es la realidad de todas las acciones. Pasividad más desinformación y falta de interés forman un peligroso cóctel para las generaciones futuras. El sistema consigue su objetivo. Mientras el pueblo pierde horas y horas proponiendo multitud de fórmulas para solucionar esto, el sistema avanza, camina, a un ritmo constante. La gente observa cómo lo que hasta ayer era normal, ahora se tilda de derroche, sin hacer nada por defenderlo. Y lo pero de todo es que no solo no hace nada, si no que critica a quien se digna por hacer algo.
Sin embargo, toda charla de la cosa termina con un debate futbolístico que al fin y al cabo es lo que interesa al sistema.
